Franco tiene una pequeña metalúrgica que fabrica piezas por pedido. Facturaba cada vez más, pero notaba que la caja no acompañaba ese crecimiento: cuanto más vendía, más ajustado andaba para pagar proveedores y sueldos.

¿Qué le pasaba?

Cada pedido grande necesitaba comprar materia prima por adelantado y pagar horas de taller antes de cobrarle al cliente. Sin un flujo de caja proyectado, Franco no veía venir esos baches: se enteraba cuando ya estaba complicado pagar, no antes.

¿Qué se hizo?

Se armó un flujo de caja proyectado semana a semana, cruzando los tiempos reales de cobro de cada cliente con los pagos de materia prima y de taller que exigía cada pedido en curso.

¿Qué cambió?

Apareció un patrón claro: los pedidos más grandes, los que parecían el mejor negocio, eran los que más apretaban la caja en las semanas previas a cobrar. Con eso visible, Franco empezó a pedir un anticipo en los pedidos grandes, en vez de financiarlos él solo con su propio capital de trabajo.

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