Alberto tiene una empresa de limpieza para grandes superficies comerciales, con contratos en varias cadenas. Facturaba más cada año y sumaba clientes nuevos. El problema era que no sabía cuál de esos contratos realmente le dejaba ganancia y cuál apenas cubría los costos de personal e insumos.

¿Qué le pasaba?

Cada contrato nuevo se sumaba como una buena noticia. Pero algunos exigían más turnos, más personal o más insumos de los que el precio original había contemplado. Sin mirar contrato por contrato, esa diferencia quedaba escondida dentro del resultado general de la empresa.

¿Qué se hizo?

Se armó el costo real de cada contrato por separado: personal asignado, insumos, supervisión y la parte proporcional de estructura que le correspondía a cada uno. Después se comparó ese costo contra lo que efectivamente facturaba cada cliente.

¿Qué cambió?

Uno de los contratos más grandes —el que parecía el más importante por el volumen que facturaba— resultó ser el que menos dejaba: exigía turnos extra que nunca se habían vuelto a cotizar desde el inicio. Con el número claro, Alberto pudo renegociar las condiciones de ese contrato en la siguiente renovación.

¿Te pasa algo parecido en tu empresa?

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